Amor vacío

Los cálidos rayos de sol iluminando su perfecto rostro, aquellos ojos color avellana mirando fijo hacia un lado y luego al otro, los labios ligeramente curvados, el ceño fruncido como si estuviese cuestionándose algo, sus manos sobre mi rostro, mientras yo apreciaba el suyo.


Podría mirarle el resto de la vida y no me sería suficiente, porque era él, porque éramos.

Nada nos impedía estar el resto del día juntos, las largas horas de viaje de una ciudad a otra valían la pena si al final estábamos ahí, en el mismo parque, con el mismo lago, a la misma hora.


Amarle era sencillo, todo de él me gustaba, hasta la cosa que más odiaba. Era fácil creer en el amor cuando lo tenía de frente. Cada detalle sumaba puntos, hacía que todo se sintiera bonito y posible.


No había tiempo para enfrascarnos en los dimes y diretes, porque éramos sólo nosotros y el resto del mundo podía irse al carajo. Así, sin importar quienes quedaban.



Éramos los dos.

Magia.

Luz.

Amor.

Todo.


Hablarles de él era mi pasatiempo favorito, su nombre no dejaba mi boca y eso encantaba a todos, porque yo era feliz.


Muchos auguraban que en poco tiempo terminaríamos casados viviendo fuera de la ciudad, por una parte, me daba emoción, por la otra incertidumbre.


¿Seríamos para siempre? No sé.


Los besos por todo el rostro mientras reía era una de mis cosas favoritas, después de todo él. Escucharle pedir más cuando paraba era la cosa más perfecta y que me ponía las mejillas ardiendo.


Cuando me llamaba “mi bonita” sabía que en seguida habría una explicación del por qué estaba conmigo. Me gustaba saberlo, porque parecía demasiado loco por mí.

De él se enteró media ciudad, los de otros lugares y hasta los no conocidos.


Me era tan natural describir y contar lo que hacíamos. Seguramente varios comenzaban a imaginar una escena perfecta de una película romántica y luego se escuchaban unos agudos “awwww”.


Pero justo ahí fue el error, hablar de ti con todos.


De la noche a la mañana todo cambió, tú más distante, cortante y ocupado todo el día, mientras yo trataba de comprender porqué y si yo había sido culpable.


Un día te fuiste.

Sin avisar, sin decir más.

Sólo HUÍSTE, sin razón aparente.


Lo que había dicho sobre ti, se había convertido en mentira. No eras ni la mínima parte de todo lo que describí.


Ahí entendí que los vacíos surgen, aunque te sientas lleno. Justo ahí donde piensas que todo es magia y amor, es donde te estás derrumbando.


Enamorarse es la cosa más absurda del mundo, el peor sentimiento, la experiencia más terrible, lo que jamás volvería a hacer.


No de ti.


Después de lo nuestro sólo he querido no sentir más, ni pensar, pero la misión falla y empiezo a recordarte, aun cuando sé que no lo mereces y la esperanza de que vuelvas es imposible. Porque no quieres, porque no quiero, porque ya no es necesario.


No me interesa saber si tu rostro luce perfecto ahora, porque en realidad nunca fuiste esa perfección que yo creía haber encontrado.


Me es indiferente si te gustan los besos por todo el rostro, si tu pasatiempo favorito es el cine, si te parece increíble enamorarte a lo lejos, si es mejor o si es peor.


Para ser sincera, había pensado en escribirte y mientras lo debatía, tu mensaje se hizo presente. Me dio rabia, me di cuenta de lo absurdo e idiota que sería buscar a quien no quiso quedarse.


Así que no, ya no me interesa saber por qué te fuiste, tampoco si me extrañas, ni si has pensado en mí. En realidad, ya no vale la pena, aunque juraba que tú lo valías todo.

Esto es tuyo.

Te quise, pero ahora te devuelvo todo lo que fuimos, las cosas, los momentos, todo, lo saco de mi vida al igual que a ti.




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