El más valioso deseo...


Queridos Reyes Magos...

Se dice que no existe en el mundo algo más poderoso que el deseo de un niño, de un alma bondadosa, de buena voluntad y sentimientos puros y verdaderos.


Esta es la historia de Sebastián.


Se habían cumplido ya cuatro años desde que su mamá falleció en un trágico accidente y su vida se vería envuelta en un dilema, por un lado, su padre que por la depresión se enredó en el vicio del alcohol, había perdido su empleo y las cosas iban de mal en peor, cada vez que encontraba un nuevo trabajo al poco tiempo era despedido por llegar en estado de ebriedad, otras veces era detenido por su comportamiento agresivo.


Sebastián era un niño que ante todo mantenía la esperanza viva, pues deseaba con muchas fuerzas que la felicidad volviera a su hogar, y a pesar de ver la triste decadencia de su padre, el niño no dejaba de brindar una sonrisa a las personas que le apreciaban, era un niño muy querido por todos, sus abuelos se derretían de amor por su único nieto y por supuesto, era el más bello recuerdo que su madre les había dejado, la gente era amable con él, era servicial y siempre brindaba apoyo a quien se lo pidiera; claro, igual que todo niño tenía problemas acorde a su edad. Además de lidiar con sus conflictos familiares, tenía que soportar diario el abuso de sus falsos amigos que no faltaba travesura o daño que le causaran para su propia diversión, el pobre niño regresaba a casa llorando, otras veces se escondía y no faltaba las ocasiones en las que mantenía una falsa sonrisa para evitar que su familia se percatara de que había tenido un mal día.


Pero por muy difíciles que fueran las adversidades, Sebastián no dejaba de ser un buen niño, sonriendo al amanecer con la esperanza de que el nuevo día sería mejor que el anterior. Era uno de los mejores en la escuela, sacaba excelentes calificaciones y casi siempre llegaba tarde a su casa por quedarse a ayudar a sus compañeros cuando no entendían algo de la clase.


Entre sueños, Sebastián veía a su madre, la abrazaba, la besaba, le decía un sinfín de veces que la amaba y lo mucho que la extrañaba, quizás por eso el niño despertaba con alegría, quizás era inmenso su deseo de verla de nuevo.


Todos los días se levantaba agradeciendo un nuevo día, rezaba como su mamá le había enseñado, se preparaba para la escuela y bajaba contento hasta la cocina para desayunar junto a sus abuelos, a veces los acompañaba su padre quien la mayor parte del tiempo dormía hasta tarde, y su presencia no era nada placentera, pues nunca faltaba un insulto a sus padres o su propio hijo, al que incluso se daba el lujo de culpar por la partida de su madre y por su estado tan deplorable.


Todo ocurrió muy rápido, según los peritos, Matilde, la madre de Sebastián iba en coche a gran velocidad al enterarse que su hijo estaba en el hospital, tal fue el susto que corrió y no logró frenar cuando se atravesó aquel motociclista a quien pudo librar de un golpe, pero Matilde perdió el control, estrellándose contra una pared, muriendo a pocos minutos antes de que llegara la ambulancia.


Por otro lado, Sebastián se quedó esperando por horas a su madre que nunca llegaría, había sufrido una caída en el patio de la escuela que le dejó un par de dolorosas fracturas en las costillas y una más en la pierna, jugaba futbol, y era un gran jugador, pero aquella caída lo dejaría fuera de los deportes un largo tiempo y le impediría darle el último adiós a su madre.


Pronto llegaron las vacaciones de diciembre y Sebastián no podía esperar más para ir a trabajar a la tienda del señor Andrés, un viejo bonachón y carismático, gran amigo de sus abuelos y casi segundo padre para Matilde, el señor Andrés era generoso con él, a quien le daba gusto recibir cada año, pues al ser un niño muy inteligente no le costaba trabajo aprender cosas nuevas y era un gran apoyo para el viejo.


Navidad era una época muy especial para Sebastián, pues de los recuerdos más bellos que tenía de su madre era cuando ella le hablaba de Santa Claus y los Reyes Magos, su madre decía que no había deseo que ellos no cumplieran, por muy imposible que éste fuera, así que él tenía decidido su deseo, uno que pedía año con año; era un niño bondadoso, sin codicias ni ambiciones que dañan a nadie, ese tipo de ambiciones que les hacen perder los estribos y les corrompen el alma, Sebastián tenía un solo deseo, lo escribía en sus cartas, lo pedía cada noche antes de dormir y despertaba siempre con el ánimo de que se cumpliría, por eso era su época favorita, era lo más cercano que estaba a su madre.


Era un niño bondadoso, piadoso, noble y de buen corazón, se tardaba para enojarse, perdonaba rápido, no importaba el daño, siempre perdonaba incluso a su padre y decadente carácter, aquella noche en que Sebastián fue visto por última vez con esa hermosa sonrisa.


Eran las ocho de la noche, el viejo Andrés le pidió que se fuera, pues era estarían por llegar los Reyes a entregar regalos, el hombre le dio obsequió una gran pieza de pan para compartir con su familia, las cosas iban de mal en peor, su padre cada día era más agresivo y ya hasta lo golpeaba, mientras le reprochaba que por su culpa su madre había muerto.


A pesar del llanto y los gritos del niño que no comprendía porque su padre lo había odiado tanto, tal era su dolor que oraba por él, pidiendo a Dios que su padre cambiara y que pudiera sanar.


De pronto ese niño bondadoso que lloraba de noche, no por los golpes y las hirientes palabras, lloraba por la ceguera de su padre, lloraba por su infelicidad, se lamentaba que su padre ya no fuera amoroso con él.


Su abuela lo consolaba antes de dormir y oraban juntos, su abuelo enfermaba al pelear con su padre por evitar que agrediera a su nieto.


Era un niño alegre y sonriente, a pesar de lo duro que lo trataba la vida, no dejaba de brindar un buen gesto a quien se acercara a él, sabiendo incluso que no siempre sería correspondido.


Fue aquella la última noche que lo vi sonreír, llegó a su casa después del trabajo, algo cansado, con una enorme pieza de pan y unas monedas que el viejo Andrés le dio en premio por trabajar muy duro, llevaba también un juguete. Un hermoso y enorme camión que el viejo tendero le regaló por el día de Reyes, llegó y dejó las cosas en la sala, subió con tanto entusiasmo buscando papel y pluma, pues le quedaba poco tiempo para escribir su carta y dejarla dentro de su zapato que ya lo esperaba en el borde de su ventana.


Aquella noche su padre llegó más ebrio que nunca, la rabia se veía en los ojos, no habló, fue directo al cuarto del niño, quien lo recibió con una sonrisa, antes de escribir su carta corrió para abrazarlo y el infame no dio más tiempo a nada, se quitó el cinturón, y sin piedad ni reparo lo golpeó por el odio que él mismo había sembrado en su corazón, lo hizo hasta que se cansó, hasta que su mano le dolió, hasta que el niño no podía emitir un quejido más. Fue la última noche que lo vi sonriendo.


Por la mañana siguiente yacía el cuerpecito de un niño que con dificultades se había acostado en el suelo, por el dolor de los golpes era casi imposible moverse, envuelto en una cobija, sus labios morados por el frío dibujaban apenas una sonrisa y un par de lágrimas que marcaban sus mejillas, en su mano lastimada encerraba una hoja de papel, en su interior una carta que decía:


Queridos reyes magos:

Papá, mi querido papá es una buena persona y un gran hombre, me duele mucho verlo tan triste por el vacío que nos dejó mi mamá con su partida, en un momento se volvió ciego por tanto daño, pero no es mala persona, solo necesita darse cuenta que puede volver a ser feliz, quiero que sepan que no le guardo rencor por lo que hizo, lo amo, lo amo con toda mi alma, tanto como amé a mi madre.


Hoy les doy gracias porque mi deseo se hace realidad; volveré a abrazar a mi madre y desde lo alto estaremos cuidando de papá, estaremos orando como yo lo hacía cada noche para que sane pronto sus heridas, el tiempo se acerca y el dolor de mis manos me deja hacer poco, y quiero pedirles un nuevo deseo.

Deseo con toda mi alma que papá vuelva a ser feliz como antes, como cuando éramos una familia, deseo que vuelva a sonreír y que sepa que estaré siempre con él.


Con amor, Sebastián.


Fue la última noche que lo vi sonreír y si pudiera pedir un deseo, sería que me regresaran a aquel día en que mi hijo quiso abrazarme y yo lo golpee, lo pido con todas mis fuerzas, pero ya no soy un niño y mis deseos ya no se cumplen.


Ahora vivo con el dolor de que ya no lo veré más, sé que me perdonó aun siendo yo un tirano, y hoy día de Reyes a tres años de que mi hijo se fue por mi culpa, sigo pidiendo perdón al mundo por tanto daño que hice, miro al cielo y busco la estrella más brillante, le digo a mi hijo que los Reyes Magos sí cumplieron su deseo y que debe ahora estar orgulloso de que su padre, aquel hombre inhumano sonríe de nuevo y lucha día a día con los demonios que una vez lo separaron de su familia, mi deseo, mi deseo a los Reyes Magos es encontrar el perdón que pido todos los días por lo malagradecido que fui con la vida…


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