La magia del asombro

Uno de los viajes más esperados del 2018 estaba por llegar, faltaban menos de dos horas para poder tomar carretera e ir a conocer otro estado más de la república. Había sido el día en el que le gané a la alarma, afortunadamente.

Me levanté de la cama, tomé mis cosas y me dí un baño, al salir estaba casi todo listo, sólo faltaba subir las maletas, mismas que no encontraba. ¿Si yo fuera una maleta, dónde me dejarían? –Pensé– La casa quedó patas arriba hasta que por fin vi aquella maleta negra y una pequeña mochila café cerca de la puerta, respiré aliviada y las llevé hacia el auto.

Todo estaba dentro, ya había checado niveles de agua, aceite y todo lo que mi papá insistía constantemente antes de salir de viaje. Cerré todas las puertas, me aseguré que todo estuviera bien resguardado y por el desorden ni me preocupé, seguro regreso y todo está acomodado por arte de magia, ojalá.

Conduje hacia la salida sur de la ciudad, observaba detenidamente lo que se encontraba alrededor, nadie se encontraba madrugando un domingo, excepto yo, tiendas de autoservicio de 24 horas, algunos regresando de la fiesta que inició la noche del sábado, algunas gasolineras abiertas. Estaba ansiosa por ver el primer letrero deseándome un feliz viaje.

Después de más de 3 horas manejando, aparqué cerca de un paraje en donde había un restaurante y una pequeña gasolinera, saqué mi cámara y comencé a tomar un par de fotos para la colección en casa. Eran aproximadamente las 9:30 horas, ya se sentía un poco el calor y moría por desayunar algo.

Mientras buscaba el encuadre perfecto para aquella montaña, un hombre de edad avanzada, aproximadamente de unos 70 años, se acercó hacia mí y me miraba fijamente, me percaté de tal hecho y detuve lo que hacía, también le miré, desconcertada por aquel hecho, pero me resultaba confiable.

El hombre no decía verbalmente nada, pero su facciones, vestimenta y muecas lo decían todo. Su pantalón lleno de tierra, sus manos arrugadas y entrelazando los dedos mientras miraba hacia la montaña, en su cara ya se reflejaban los años y sus pocos dientes anunciaban la larga vida que ha tenido. Tomé la misma postura que él, el antebrazo sobre la valla que había en la carretera y la mirada directa hacia el paisaje.

“Observar es la magia de conocer, vivir y saber a dónde vas”, dijo luego de aquel silencio amplio.

Se incorporó dándole la espalda a la valla y sus brazos se cruzaron, me dio una última mirada y yo le sonreí, no entendía, pero quería ser amable.

–¿Alguna vez has sentido la necesidad de dejarlo todo porque esta vida comienza a ser muy dura a cierta edad? –cuestionó

–Eh.. sí, creo que comienzas a ser adulto y enfrentar grandes cosas, piensas si realmente quieres seguir avanzando en la vida o darla por terminada, si es a lo que se refiere –mostré una sonrisa y el hombre sólo rio.

–Es cierto, pero es cobarde, ¿no? Dejarla así de la nada cuando seguramente tus papás, tus abuelos, bisabuelos te han dado un ejemplo de seguir sin caer. Me pareció muy interesante la manera en como lo dejabas todo y salías de tu auto para observar algo que a pocos se les ha olvidado, lo que nos rodea. No quiero retener más tu viaje, sólo me he acercado para felicitarte.

Todo aquello resonó un par de veces en mi cabeza cuando el hombre se alejaba, no lo perdí de vista hasta que finalmente desapareció. Era algo raro, poco común, de hecho, nada común.

No pensé más las cosas, subí de nuevo al auto y seguí mi camino. Al parecer se me quitó el hambre, no era que me hubiese dado miedo con lo sucedido, pero igual me desconcertaba un poco.

Las horas pasaron, pueblo tras pueblo, región tras región, la capacidad de asombro persistía, no sé si más o menos después de cruzar palabra con aquel hombre, pero no podía dejar pasar cualquier hecho que sucediera, todo seguía contando una historia y yo seguía imaginando qué más habrá y hasta qué hora llegaría al destino previsto o quizá ya no era ese el objetivo.



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