Lorena Lira Barragán

En marzo del 2002 los ojos de todo México se centraron en la capital de Durango, todos hablaban del asesinato de una jovencita a manos de taxistas. Las marchas para exigir justicia, cartas hacia las autoridades para no olvidar el hecho y el seguimiento continuo de los medios, envolvieron su caso.

Lorena era una joven de apenas 19 años, estudiaba en el Colegio Guadiana y el 9 de marzo había acudido a una fiesta en una casa que se encontraba muy lejos de la suya, nunca volvió.


Uno de sus amigos, Andrés Porras, decidió recordarla en su cuenta de Facebook, esto a 20 años de su muerte, narrando detalle a detalle cómo fue aquella terrible noche y la última que la vería.


9 de marzo 2002

Hace 20 años…


Justo después del día de la mujer, te recuerdo, Lorena.


Era viernes. Faltaba una semana para mi cumpleaños 18. Fuimos a unos quince años. No recuerdo bien de quién. Fueron en la Colonia Jardines de Durango. Yo iba con mis amigos. Estuvimos la mayor parte del tiempo afuera, en la calle, platicando. De repente veo una trifulca, botellas volar, golpes, gritos, movimientos... todo esto en el rápido abrir y cerrar de ojos. Cuando menos lo esperé, ya había personas sangrando, entre ellas, “Pericles”, el buen primer corneta de la banda de guerra. No recuerdo si hubo algún otro herido. Pero creo que no pasó a mayores, fuimos a ver qué sucedía, en qué podíamos ayudar. Lo más: calmar el ambiente. Obviamente, las personas que estaban dentro de la casa salieron para ver, entre el morbo y preocupación, qué había sucedido. Yo sabía que dentro había más gente conocida, pero no había entrado ni preguntado quiénes.


No recuerdo bien en qué momento de todo esto fue, pero tengo la imagen de haberla visto salir corriendo, preocupada, como muchas veces, cuando algo se salía de sus planes. Alguien comentó que no tenía el permiso de su papá, y su mamá le habló que él iba ir por ella a la fiesta. Ante esto, el nerviosismo hizo que decidiera lo primero que se le vino a la mente: tomar un taxi. Fue ahí cuando yo la vi correr, sin darme cuenta de a dónde iba, y mucho menos que YA se iba. Ni siquiera vi en qué se subió.

Esa fue la última vez que la vi. Al menos físicamente.


Realmente después de eso no recuerdo nada. Hasta la mañana siguiente, cuando un telefonazo me despertó más temprano, mucho más temprano, de lo planeado. Era Pancho. Se oía preocupado. No la encontraban.


“¿No la encuentran? ¿A quién?”. “¡A ella! Se subió al taxi, y no había llegado a su casa, ni a la de ninguna de sus amigas. ¡Ayúdame a buscarla!”, me dijo con una voz seria, poco usual en mi amigo que normalmente para todo tiene una broma.


Pasé por él y su papá a su casa. Y empezamos. Buscamos en los hospitales, en la Cruz Roja, en la Cruz Verde, en la Cruz Azul... hasta en los hoteles. “Por favor, ¡que esté aquí, aunque sea aquí!” gritaba llorando Daniela, la cual junto con el papá de Lorena, no recuerdo en qué momento se nos unió al grupo.


No la encontramos.


Pero yo me tenía que ir. Asuntos de burocracia para sacar la cartilla militar en un pueblo cercano a Durango, para no prolongar mucho el trámite en la ciudad, hacían que me tuviera que ir. No pude evitar el seguir preocupado.


Recuerdo haber hablado a su casa. “¿La encontraron?” o algo así pregunté a una voz desconocida... no me pudo contestar. Lo único que oí fueron sollozos, muchas personas hablando y llantos. Ya sólo escuché el desagradable sonido de la línea cortada, que no me había dado una respuesta, aún peor, me había dejado con más preguntas e incertidumbres.


Traté de apresurar el ahora más odioso trámite para llegar a aclarar lo que mi mente (pues mi corazón no se dejaba tanto) no quería ni podría creer. Regresamos tan rápido como pudimos. Algo le comenté a mi papá. Trató de acelerar.


Apenas iba llegando a mi casa, agarré el carro. No quería volver a hablar. Quería ir. Por la calle de Felipe Pescador a la altura de la estación del tren, me sonó el celular, si es que a eso se le podía llamar así. Era Verduzco. Algo también había escuchado él.


“¿Qué onda?” me dijo. “¿Qué onda de qué?” le respondí queriendo ignorar lo que en mi corazón ya era inminente, pero en mi cabeza era increíble. “Pues lo de que no la han encontrado... pasa por mí”. Más me tardé en colgar que en ya estarle pitando en su casa. Callamos. No sabíamos qué decir mientras nos dirigíamos al Cerro de los Remedios, a la casa donde vivía. Por fin llegamos.


El escenario era desalentador. Muchos carros mal estacionados. Media generación afuera de la casa. Algunos no fueron al apostolado del grupo juvenil (era sábado). Y estaban ahí. Una mala sensación me invadió por completo. Ya no volví a saber de Verduzco. Ni de mí.

Fui con Miguel. No le quería preguntar lo mismo que yo había negado anteriormente, claro, por miedo a escuchar lo que no quería. Ya estábamos desesperados algunos, y ellas, sus amigas, sobre todo llorando. Sólo supe que algunos señores, entre ellos el papá, habían ido a reconocer un cuerpo que amaneció en un terreno baldío ¡a dos cuadras de donde fue la fiesta! Las pistas eran cada vez más claras, pero no lo quería creer.


Entonces, llegaron.


El papá de Julio, el de Pancho, y el de ella, la hermosa, la querida, la amiga, la fiel, la alegre, la inocente, la participativa, la auténtica, la espontánea... Llegaron, y esperábamos una respuesta, ¡cualquiera!... pero ¡que hablaran! No lo hicieron. Tres cabezas bajas llegaron al escenario, como detonador de una bomba que no quería explotar. Lo comprendimos. No nuestros oídos ni nuestro cerebro, sino nuestro corazón.


La habían reconocido. Era ella…

No quiero ni puedo recordar bien, pero llantos como nunca los había escuchado, gritos, caídas, desmayadas, abrazos... y cuando menos me di cuenta yo ya era parte de ello.


Lloré, lloré, grité y lloré. Y más grande se hacía mi dolor al ver a mis amigos.


Fui con Micky y lo abracé. Recuerdo algunos otros en esos momentos. Pocos realmente. Veía borroso. Lloré aún más. Sólo quería que me abrazaran, que esa horrible pesadilla se terminara. Corazones doloridos que tanto la amamos en la infancia y durante muchos años, ahí estábamos: Luis David, Linden, Charly, Hermann, Campos, Pancho, por decir sólo algunos de los que más recuerdo.


Nosotros sufríamos, pero ya me imagino cuán grande era el dolor de sus amigas, y más aún de su papá, ¡su mamá!


Fueron bastantes minutos los que estuvimos así. Gente pasaba, carros se detenían a preguntar. Era extraño, si lo veías de afuera. Nosotros no podíamos vivirlo de otra manera.


Fui al Guadiana, corriendo como nunca. Creo que a hablar por teléfono. La adrenalina ya era poca. Estaba Paco Estrada, quien, al recibir la noticia, parecía no reaccionar, o más bien yo había reaccionado de más. Regresé al lugar. Elvia, Daniela... las recuerdo. Sonó mi celular de nuevo. Era mi papá. No pude aguantarme, y lloré como nunca lo había hecho con él, y menos por teléfono.


Acompañamos a la familia hasta que llegó el funeral. La velamos, la cuidamos, lloramos, esperamos a que llegaron amigos de afuera. Susana, Silvia, Cano, Lalo, Víctor... amigos en la distancia que no dejaron de ser cercanos.

La misa de despedida, en el templo del Sagrado Corazón. Yo estaba en la banda de guerra, y la acompañamos en su última peregrinación terrenal. La marcialidad de estar en fila no fue lo suficientemente estricta para contener nuestro llanto. Comulgué, y lloré. “Pobre criatura” comentó una señora, al vernos a mí y a Josean sufriendo sin podernos abrazar. Con más intensidad toqué la marcha de salida.


Así, todo terminaba en un rápido y terrible fin de semana. Llegó el lunes, y claro que no lo podríamos creer. Los dos últimos salones del edificio de la prepa, los de tercero, parecían una tumba. Y realmente lo eran, pues algo de nosotros había muerto.


Hubo indignación en Durango, en los colegios lasallistas de México, en las noticias, en todas las personas que la conocían, en la sociedad estudiantil. Hicimos una marcha por la ciudad en silencio. Sólo así podíamos manifestar el término de algo que no queríamos; si nos íbamos contra los taxis, sólo íbamos a incrementar el odio y el mal. Marchar y denunciar, para que vieran que no estábamos conformes.


Ese año yo me perdí algunos eventos con ella: su elección de Reina del Campestre y otras reuniones de amigos, por darle prioridad a otras cosas. ¡Cómo me hubiera gustado estar ahí, vivirlo con ella, apoyarla! Desde ahí valoré más a mis amigos.

Quién iba a pensar que aquella historia de amor que empezó en 6to de primaria, con una niña nueva de Toluca, con un peinado muy bien hecho y liso hacia un lado... iba a terminar así. Aquella niña a la que se la canté siete o más veces de todos los modos posibles, hasta que entré a la adolescencia. Aquella de la mochila rosa, pesada, grande, que yo quería cargar y en la que yo le quería echar regalitos para que se fijara en mí. Simplemente, sólo me gustaba verla, estar con ella. El tiempo pasó y nos hicimos, con sus sube y bajas, buenos amigos. A lo mejor no los mejores de todos. Pero en el fondo yo siempre la admiré.


La admiro hoy y desde hace veinte años por lo que ha hecho por mí, por nosotros. Cuando me preguntan cuándo entré al Voluntariado, o con los Hermanos, siempre me viene a la mente: “Lorena, 2002, término de prepa” y de ahí empiezo a contar. Así de importante fue y es en mi vida.


Ella fue un signo de alegría en nuestras vidas.


Sé que está viva.


Los días después

A una semana del hecho, padres, amigos, maestros y más duranguenses se unieron a una marcha llamada “En silencio por la justicia y la paz”, la cual tenía como objetivo demostrar el repudio e indignación por el asesinato de Lorena.


Se podían observar las caras tristes de todos, eran más de 5 mil personas las asistentes, al frente de la manifestación se encontraba la banda de guerra y escolta del Colegio Guadiana, mismos que con lágrimas en los ojos hacía retumbar los tambores en forma de protesta.


En las mantas que portaban estudiantes se podía leer “Señor Gobernador, nuestros hijos y nosotros merecemos una ciudad tranquila y segura”, mientras que en otras aseguraban que “la juventud está indignada, exigimos justicia”, “muerte a los taxistas” y “señor Gobernador, exigimos pena máxima”.

La marcha comenzó en la Avenida 20 de Noviembre, principal arteria de la ciudad capital, hasta el Palacio de Gobierno, en donde no hubo pronunciamientos, ni discursos. Según asegura Andrés Porras, amigo de Lorena, se decidió no emitir palabra para que no saliera contraproducente, pues no quería el linchamiento de todo el gremio de taxistas, sólo justicia.


Días después de la manifestación, la Cámara Nacional de Comercio en Durango propuso a las autoridades que se aplique pena de muerte en casos severos con éste, mientras que los diputados locales coincidían en que se requieren reformas al Código Penal, pero no que podía establecer una pena así.


El brutal hecho desató, además de consternación y coraje en la sociedad, el temor de las chicas para abordar un taxi. Incluso, las cosas llegaron demasiado lejos que algunos chóferes de este transporte público colocaron letreros con leyendas como “Yo no soy asesino, no le hago mal a nadie”. Nadie quería acercarse a los taxistas, las amenazas hacia ellos y el repudio fue constante por varias semanas.


Detención y justicia

En el asesinato de Lorena participaron dos chóferes adscritos al Sindicato de Chóferes de la Alianza en Durango, sus nombres son José Luis Ríos García y César Guillermo Rentería Irigoyen, de 22 y 21 años respectivamente. Fueron detenidos dos días después del hecho por la Policía Ministerial del Estado, quien informó la cronología de aquel 9 de marzo.



Ríos García y Rentería Irigoyen asesinaron brutalmente a la estudiante de sexto semestre de preparatoria cuando abordó la unidad del segundo señalado, fue víctima de abuso sexual y golpeada de forma salvaje, con ambos vehículos la atropellaron en varias ocasiones hasta quitarle la vida. Todo ocurrió a pocas cuadras de donde había tomado el taxi, la colonia Francisco Zarco, misma donde en un lote baldío abandonaron su cuerpo y huyeron. De acuerdo a varios testimonios de quienes habitaban en ese lugar, escucharon gritos, pero nadie se tomó la molestia de salir y ver que estaba pasando para no “meterse en problemas”.


Once días después de su detención, el Juez Primero de lo Penal, Francisco Luis Quiñones Ruiz, dictó auto de formal prisión a César Guillermo y José Luis, por violación y homicidio.


Rentería aceptó haber participado en los hechos aquel 9 de marzo y quedó en evidencia luego del testimonio de su cónyuge, quien aseguró que en la camisa y parte trasera del taxi había manchas de sangre, mismos que lavó sin saber de qué se trataba. Otro elemento contundente fue que la esposa de César tenía en su poder el celular de Lorena, mismo que estuvieron usando después del homicidio.

Por otra parte, Ríos García en su declaración reconoció haber participado en los hechos, pero después argumentó que había sido obligado por la Policía Ministerial para confesarlo. Sin embargo, eso quedó desmentido luego de realizarle estudios médicos y en ninguno se señala que haya recibido tortura por parte de autoridades.


El Juez aseguró que en el cuerpo de Lorena encontraron vello púbico perteneciente a José Luis, ratificando su participación en la violación y homicidio, mismo que llevó a cabo junto a su compañero César.


Hubo careo entre una testigo que vive cerca del lugar del homicidio, donde identificó plenamente a Ríos García, pues él tenía su casa por la zona de los hechos.

De acuerdo al Código Penal del Estado de Durango, la pena máxima que recibirían sería de 50 años de prisión por ambos delitos.


El día que se dictó el auto de formal prisión, ni los abogados ni los familiares de ambos taxistas se hicieron presentes en los juzgados.


Cabe resaltar, de acuerdo a la última información sobre el caso en febrero del 2008, la sentencia contra César y José Luis no había sido dictada, la causa seguía abierta por parte del abogado de Ríos García, quien estaba aportando pruebas. En cuanto a Rentería Irigoyen, no promovió ninguna acción para su defensa, dejando sin datos que prueben su inocencia en el hecho.


“Castigo” a todo el gremio taxista

Ante la situación, el entonces presidente municipal de la capital, José Rosas Aispuro Torres, dio a conocer que se cancelarían, en un tiempo corto, las licencias de conducir de TODOS los chóferes del transporte público, esperando que en el proceso de refrendo se les aplicaran exámenes psicológicos y toxicológicos.


También, aseguró que endurecerían los requisitos para tramitar una licencia de chófer, pues tendrían que presentar: carta de no antecedentes penales actualizada, rendir detalles generales como origen, familia e información de otros empleos; todo para tener la seguridad de que serían aptos para rendir el servicio y evitar otro hecho lamentable como el de la joven.


Las muertas de Juárez

Luego de conocerse el arresto de los sujetos y el brutal asesinato de Lira Barragán, elementos de la Procuraduría General de Chihuahua comenzaron una investigación sobre uno de los taxistas señalados, esto ante la sospecha de tener relación con las muertes de mujeres en Ciudad Juárez.

A los investigadores les había llamado la atención José Luis Ríos García, tomaron en cuanto a la forma, el patrón y la conducta que se manifestó en el homicidio de Lorena, y bajo un convenio de colaboración entre ambas procuradurías de los estados, realizarían un exhaustivo trabajo para confirmar o desmentir la participación del sujeto en algunos homicidios de mujeres en la frontera.


Distintas versiones

Tal parece que el caso llegó a convertirse en una “leyenda urbana”, después de lo sucedido, y hasta la fecha, se han contado varias “versiones” sobre lo sucedido a Lorena.


Una de ellas, y que por mucho tiempo fue sonada, es que su asesinato se debió a una “venganza”, según los ciudadanos dicen que el padre de la joven había atropellado a una persona tiempo atrás, que él jamás se quiso hacer cargo de lo sucedido y hasta se burló de la persona. Por ello, mandaron a los sujetos para hacerle daño y darle “donde más le doliera”.


En una publicación en Facebook sobre el caso, se han encontrado distintos comentarios lamentando la situación, pero también la confesión de algunas personas que conocieron a los asesinos.



Adaptación del caso

El caso Lorena impactó tanto a México, que algunos programas de televisión han realizado producciones audiovisuales sobre ello.

  • “Relato de una infamia” – Mujer Casos de la Vida Real: una chica decide tomar un taxi para ir a su trabajo, una vez que consiguió el transporte, el hombre conduce hacia el lugar que le indica, pero de un momento a otro decide tomar una ruta diferente. Ella se alarma y pide que retorne, él la amenaza con una pistola, la lleva a una habitación, dentro la golpea y viola.

  • “Un viaje al infierno” – La Rosa de Guadalupe: Adriana presiente que su hija corre peligro y trata de convencerla de que esa noche no salga, Lorena aferrada decide irse de fiesta y al salir toma un taxi que le ofrece cervezas para continuar la fiesta, sin saber que en realidad era droga. Al despertar descubre que abusaron sexualmente de ella además de asaltarla.

  • “Víctimas de taxis piratas” – La Rosa de Guadalupe: Alicia, Sandra y Katia son víctimas de secuestros por taxistas en la Ciudad, pero no todas correrán con la misma suerte al no tomar las medidas preventivas.


***


Hasta la fecha no se sabe si los sujetos siguen en prisión o fueron puestos en libertad. Respecto a la familia de Lorena, tampoco se tiene información, algunas personas aseguran que luego de lo sucedido su madre se suicidó y el padre volvió a Toluca, de donde eran originarios.


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